Palabras Presidente AIRD en desayuno temático con Ministra del MESCYT

Vivimos en un país que exhibe una tasa de crecimiento promedio de un 5.1% desde el 1990 al 2011, muy por encima de la media latinoamericana de 3.2%.Sin embargo, se ha tratado de un crecimiento frágil, volátil, vulnerable, sustentado cada vez más en el consumo, el financiamiento y en las remesas provenientes del exterior. Un crecimiento sustentado en la producción de bienes no transables.

Un crecimiento que, paradójicamente, se ha dado junto a un proceso que podemos caracterizar como de “desindustrialización”. Digo esto porque según las cifras oficiales, durante ese mismo período el sector industrial en general pasó de representar el 34.3% del PIB en el 2000 al 25.6% en el 2012, y la manufactura local de modo particular pasó de un 22.0% a un 18.5%, lo que se ha traducido en una reducción similar de las fuentes de empleos formales en nuestro sector.

Es por esta razón que la AIRD ha venido propugnando por un cambio de modelo económico que retome el crecimiento sostenido del sector manufacturero y de los demás sectores transables de la economía a través del fomento de las exportaciones. 

Sin embargo, cuando pensamos en nuestra oferta exportadora, cuando analizamos la complejidad de los mercados hacia los que nos estamos dirigiendo, la exigencia de los consumidores, la capacidad de nuestros competidores, la necesidad del conocimiento como palanca para mejorar la calidad de vida de los dominicanos, entonces nos damos cuenta de que nuestro aparato productivo nacional adolece de un conjunto de limitaciones que reducen su capacidad competitiva y nos damos cuenta, sobre todo, que nuestros productos y servicios deben contar cada día más con un mayor valor agregado que es lo mismo que decir que debe incrementarse la preparación de nuestros recursos humanos en una época dominada por el conocimiento y la tecnología. La clave entonces es la apuesta por la innovación, la investigación y desarrollo.

En el Segundo Congreso de la Industria Dominicana señalamos que “no hay forma de ser plenamente competitivos con los niveles educativos actuales de nuestro más valioso capital, el humano…”.

En ese sentido, tenemos esperanzas pero también tenemos preguntas a las cuales debemos buscar respuestas como colectivo, como sociedad.

En la investigación “La Educación Superior en la República Dominicana”, una evaluación de las políticas nacionales de educación, que presentamos el año pasado con la presencia de nuestra Ministra de Educación Superior que hoy nos acompaña, el equipo evaluador consideró que el principal obstáculo para el acceso a la educación superior es la baja calidad y eficacia de la enseñanza escolar previa (primaria y secundaria). Los estudiantes, dicen estos expertos, pueden pasar de un grado a otro del bachillerato sin obtener competencias de lectura, aritmética y razonamiento adecuadas para estudios adicionales. “Su nivel de preparación para el mercado laboral es insuficiente”, señalan.

Es cierto que, si queremos ser competitivos, el mercado laboral requiere niveles más altos de destrezas de nuestra fuerza de trabajo y que las empresas requieren políticas de fomento a la innovación. Por ello se habla que, desde la óptica de educación superior, el triángulo de la competitividad tiene que ver con acceso a la tecnología, un excelente sistema de educación y capacidad de innovación. 

Pero, no es la cobertura de la educación superior tradicional lo que más nos preocupa en lo inmediato. Sin dejar de prestar atención a esta, necesitamos incrementar, fortalecer y sobre todo hacer hincapié en la educación para el trabajo, que ha sido sin duda alguna la cenicienta de las áreas educativas en nuestro país.

Amigos, históricamente nuestro país ha tenido muy poca integración Universidad-Empresa, lo que es una dicotomía, pues son estas las generadoras del capital intelectual que necesitan nuestras industrias. En un mundo altamente cambiante y competitivo para lograr las metas establecidas por este sector se considera esencial en este momento fortalecer esta relación.

Hoy en día cuando las comunicaciones y las nuevas tecnologías nos mantienen en un estado constante de cambio y novedosas creaciones, un país pequeño como República Dominicana no puede darse el lujo, de que una buena idea no pueda convertirse en realidad. De ahí la importancia de que el país garantice el acceso a fondos para esas buenas ideas. Valoramos como positivas las iniciativas tomadas por el Ministerio de Educación Superior en esa dirección, la cual debe ser fortalecida tanto con fondos provenientes de recursos internacionales como con fondos públicos dominicanos.

Con el pacto por la educación al que nos ha convocado el presidente Medina, nos abocamos a iniciar giros significativos en la educación primaria y secundaria dominicana. Ahí ha estado nuestro talón de Aquiles. Superemos nuestras debilidades y marchemos juntos de modo que el bienestar no sea privilegio, sino la conquista común de cualquier ciudadano dominicano, porque necesitamos de todos.

La Estrategia Nacional de Desarrollo que consensuamos y recién estrenamos, tiene como tercer eje el desarrollo de una economía territorial, integrada, innovadora, diversificada, plural, orientada a la calidad y ambientalmente sostenible. El logro de estos objetivos requiere de la creación de riqueza, la generación de crecimiento sostenido, la producción de empleos dignos y el aprovechamiento de las oportunidades que brinda el mercado local para la inserción competitiva en la economía global, como bien lo sintetiza la Estrategia.

Llamo a los empresarios a vivir o seguir viviendo de un modo permanente en una cultura de innovación. No tengamos miedo al cambio, a la innovación. La innovación no sólo es un programa, un plan, una estrategia, es también una actitud permanente de todo empresario que vea más allá del año presente, que vea el futuro suyo y de su empresa.

Sabemos que el gobierno ha hecho extraordinarios esfuerzos a través de su plan de becas internacionales. Este esfuerzo no deja dividendos inmediatos, pero creemos que debe ser continuado y profundizado.

Los empresarios no deseamos una sociedad en donde la pobreza arrope a gran parte de la población. Necesitamos rentabilidad social, la cual definimos como satisfacción, y esa satisfacción tiene una de sus bases más fuertes en la capacidad de empleo, la capacidad de producir de todos los dominicanos. Incorporar a los grupos más vulnerables es un desafío para la rentabilidad social y la rentabilidad económica, mejorar la calidad de nuestra educación es estratégico.

El financiamiento no es sólo obligación del Estado, es también una obligación del sector empresarial. Hacemos un llamado al sector empresarial a mejorar sus aportes a la innovación, tanto dentro de la empresa como en relación a las universidades e institutos que dedican recursos y tiempo a la investigación y desarrollo de productos y procesos.

Si deseamos tener éxito en las metas de la Estrategia Nacional de Desarrollo de lograr que nuestras exportaciones alcancen los 25,000 millones de dólares para el 2020, entonces es necesario que la cultura innovadora permee a las micro, pequeñas y medianas empresas, con el propósito de sumarlas de modo masivo a las exportaciones.

Ya hemos demostrado que somos capaces de sostener la economía sobre la base de la tradición. Ahora es necesario abocarse a la innovación si queremos cambiar lo que ya tenemos. Afirman que la palabra crisis significa oportunidad. Ojalá que así lo veamos y que sea el desafío para la transición a una sociedad innovadora, llena de deseos de cambio. Podemos decir que seremos una nación que avanzará venciendo todas las barreras, cuando dejemos de lado el miedo al cambio y asumamos la innovación como una pasión permanente.

Si el sector manufacturero, y el económico en sentido general, atraviesa por algún tipo de crisis, confiamos hoy más que nunca en que su significado no sea otro que construcción, crecimiento e innovación.

 

 

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